Iniciado el mes de marzo 2023, Lluvia editores cumplió 45 años y celebró esta importante fecha publicando la decimotercera edición de Cuentos del Tío Lino de Andrés Zevallos. Un libro memorable para la narrativa tradicional del Perú y que se ha presentado en diversos formatos, 3 idiomas y con dos ediciones de tapa dura a todo color.
LOS CUENTOS DEL TÍO LINO
Una impresión cuando en 1980, vio la luz la primera edición de Cuentos del Tío Lino, colección de quince cuentos populares realizada por el pintor Andrés Zevallos, más de un crítico pudo haberse tentado a inscribirla dentro de la denominada Literatura Indigenista. Como en ella, los personajes son campesinos, su escenario es la sierra cajamarquina, y su verbalización juega a mimetizarse con el habla de sus habitantes. Mas a diferencia de la literatura indigenista, el núcleo de estos dramas no lo constituye la lucha por la tierra ni el enfrentamiento con abusivos terratenientes. El mundo del Tío Lino presenta a personajes campesinos, es cierto, recrea el habla cotidiana de dichos campesinos, pero por la problemática expuesta y el humor con que se enfrentan y solucionan esos conflictos, los treinta y dos cuentos del Tío Lino (versión actual) no exploran, sino fundan otra vertiente literaria, diríamos rural, en el escenario de la Narrativa Andina.
Dado que estos cuentos han debido de redondearse en las charlas nocturnas de anónimos arrieros y haberse iluminado con los relumbrones de innúmeras fogatas, los cuentos son de pocos personajes y sus tramas son breves y definidas. El personaje principal y el héroe de todos los relatos es Tío Lino. La Tía Chuspe, su mujer, apenas es un esbozo secundario. Luego no hay más, solo entidades: el cura del pueblo, o las multitudes que observan el paso del Tío Lino, por los aires y colgado del cuello de un cóndor. Los obstáculos que enfrenta nuestro personaje son aquellos que pueblan la realidad del campesino comunero de los Andes, y son esos obstáculos que dan espesor a sus pesadillas. Remontarlos constituye su mayor sueño.
¿Qué obstáculos son esos en un mundo carente de patrones y terratenientes? Tampoco es el Estado, ni su adecuación a él, la fuente de conflictos. En los treinta y dos cuentos del libro la ausencia del Estado es total: ni una escuela, ni una comisaría, ni un hospital. No hay maestro, no hay policía, no hay médico. Tampoco en el horizonte se dibuja una carretera, una mina, una hidroeléctrica. Solo está el hombre con su obligación de subsistir, criando animales en una naturaleza felizmente amable, ingeniándose para trasladar esos animales a la ciudad y asegurar el sustento con su venta. Subsistir, en una permanente lucha con los predadores, con la noche oscura y sus peligros, con las distancias a recorrer. A luchar con ingenio y sin perder el humor.
Sentimos a nuestro Tío Lino más granjero que agricultor. Por tanto, el toro que para el agricultor es un aliado en la creación de riqueza, constituye para el Tío Lino una amenaza permanente. En tres cuentos (El toro bravo y el río Manchay, El toro y la escopeta y El poncho de los siete colores) un toro amenaza su vida. ¿Cómo logra salvarse? Con ingenio y gracias a la naturaleza cuyos elementos toman en préstamo los atributos de otros elementos para permitirle la salvación. La cascada del río Manchay toma los atributos de la soga para que el tío pueda huir, pero a la vez permite ser cortada de un tajo para evitar que el toro haga uso del mismo medio. La escopeta toma los atributos de una gruta y le permite escabullirse en el segundo cuento. Y en el tercero, un arbusto de mostaza lo acoge y catapulta hacia un arcoíris.
Otro animal de sus pesadillas es el perro, mejor amigo del hombre cuando es propio; mas cuando no lo es, está el Tío Lino para narrarlo. En el cuento “Desde cuando hay conejos”, el perro ocasiona la pérdida de una crianza de cuyes en su marcha hacia los mercados de la ciudad. En “Diónde hay perros calatos”, Tío Lino tomará venganza del atacante de un modo insólito. Nuevamente el humor se alimenta del empréstito de atributos; de los conejos a los cuyes en un caso, de la talega reversible al perro atacante en el otro.
El puma, el zorro y los cóndores, predadores que atormentan a todo granjero desfilan también por este risueño universo. En “La piedra negra” el Tío Lino logra vadear un río montado en un puma que permanecía oculto en el torrente —habiendo tomado en préstamo los atributos de una piedra—, y en el “El Foforofo” logra rescatar a su gallo de las entrañas de un zorro de un modo que seguramente causaba hilaridad ante los primeros oyentes de estos cuentos orales en esos tiempos. Los cóndores de “El canasto volador” terminan trasladando al Tío hacia su destino, y por los aires, en castigo por haberle devorado el caballo.
Tío Lino se sirve de los animales para suplir sus necesidades de modo siempre inesperado. En “Chancaca pa la chicha” las avispas le proporcionan la miel requerida por la Tía Chuspe; y los avispones son sus colaboradores en “La chancaca de ushún”. Usa el hambre de “Los pavos” para llevar a estos animales a la ciudad. Gracias a un cóndor …el Tío Lino conoció Trujillo desde los aires y un conejo le sirvió de cabalgadura tras tomar los atributos de “El macho moro”.
El uso que hace el Tío Lino de los elementos de la naturaleza sorprende más aún. Atrapa al relámpago en su pieza para iluminarse “El relámpago”; esconde a sus mulas en un zapallo descomunal para burlar a los chilenos “El bobo de Las Huertas”; se sirve de las luciérnagas para animar la fiesta del pueblo y hacer frente a un compromiso “Los fuegos artificiales”; ensarta semillas de higuerillas y utiliza su luz “Las velas”. Es curiosa su relación con el arcoíris: lo salva en un trance difícil y le obsequia sus matices “El poncho de los siete colores”; satisface un antojo de la Tía Chuspe que desea tener cuyes de variada tonalidad “Los cuyes de todas layas”.
La Tía Chuspe ‘mosca‛ en quechua; mosca, mantiene una conducta curiosa. Demanda satisfacción a sus necesidades: chancaca para la chicha, cuyes de todos los colores en su cocina; requiere por último movilizarse a la ciudad con un repentino antojo de embarazada. Quién sabe si en secreta venganza por rol tan secundario hace comer por segunda vez a su consorte unos frejoles mal masticados a la primera vez. ¿Quién es ella? Desde cuándo hay guatopillas insinúa una respuesta: es una mujer que en vez de cabellos porta serpientes, como la medusa de las culturas del Mediterráneo.
Manojo de cuentos pulidos seguramente en miles de bocas y oídos, en lluviosas jornadas de arrieraje, narrados y vueltos a narrar a la lumbre de los leños, trayéndonos —curiosamente— unas tramas de estructura perfectamente aristotélicas encarnadas en un lenguaje rural que florece en el lindero de las normas, a nosotros ciudadanos de las urbes gracias a la paciencia y el arte de don Andrés Zevallos, pintor por excelencia. Gracias a ello cada cuento viene acompañado de un dibujo que grafica el momento cumbre de las acciones, o su desenlace, de modo enriquecedor y memorable.
No es nuevo el caso de las sensibilidades literarias y pictóricas que coexisten en un artista. De El Principito de Antoine de Saint-Exupéry, podremos olvidar algunos pasajes, pero jamás la imagen del mismo personaje que indefectiblemente ilustra sus ediciones. Imposible olvidar los dibujos de Federico García Lorca, ni —entre nuestros connacionales— las magníficas ilustraciones del mundo negro que nos obsequiara Antonio Gálvez Ronceros en Monólogo desde las tinieblas. En ese universo creo yo se instala don Andrés Zevallos con su breve y sustanciosa obra.
Finalizada la lectura de este libro, solo cabe pedir a los asistentes que se ocupen de atajar los burros que nosotros nos vamos de largo, del brazo de Andrés Zevallos y Esteban Quiroz su editor a quienes debemos tamaña satisfacción.