La visión de Andrés Zevallos siempre ha estado llena de una poética amable, de espacios luminosos que nos introduce a una plácida vida rural, a un entorno ideal, al cual podemos penetrar gracias a una pintura que ha sabido eliminar lo accesorio para concentrarse en la esencia del espíritu; protagonista de un mundo que el pintor ha sabido ha sabido vivir plenamente.
Estas son obras de un plácido equilibrio bucólico. No hay en ellas el exceso que busca el impacto inmediato, sino más bien la identificación con el paisaje, la representación del hermano campesino y al pintar a la mujer, simbolizará a ala amante, esposa y madre. Este es el cuerpo femenino que en las últimas obras adquiere un rojo emblemático, en cuadros que se liberan de la realidad para estilizar las formas de la imaginación. Porque la opulencia femenina más que reproducir la realidad la connota en lo que él denomina sus duendes, ninfas serranas que alborotan los ríos y que Zevallos se encarga de convertir en sólidas entidades corpóreas para que podamos visualizar lo invisible a través del color. Vigorosa obra que se revitaliza con la madurez. Años de regocijo en los que el artista llena de luminosidad nuestras vidas.
Quizás sería necesario conocer Cajamarca para comprender mejor la pintura de Zevallos. Vale la pena hacerlo. Esta obra es una feliz demostración de lo que un hombre ajeno a toda moda, a todo intento de lucubración en torno a la modernidad ha podido pintar. El paisaje, el cielo serrano, el refugio a nuestra vida urbana, recrea nuestros ideales al transformar las costumbres de la tierra que lo vio nacer en una valiosa obra de arte.