Nota publicada en noviembre de 1981, poco antes del viaje del pintor a Alemania para una serie de exposiciones.
El Dominical 1 noviembre 1981
Andrés Zevallos es un pintor cajamarquino que emerge en el panorama de la plástica nacional con notables y sugestivos méritos. Estudio en la Escuela Nacional de Bellas Artes, cuyo director era José Sabogal; allí estuvo cuatro años en el taller de Teresa Carvallo. Su paso por la Escuela, él mismo lo dice, “más que el aprendizaje de ciertas técnicas significó el encuentro de un camino hacia la comprensión de mi país, del mundo del que procedía, cuya verdad y belleza solo pueden encontrarse por el conocimiento y el disfrute profundo de esa autenticidad”. Al dejar la Escuela, sin embargo, tuvo que abandonar la pintura para afrontar la vida en las más diversas ocupaciones: agricultor, camionero y profesor en el Colegio de Contumazá. En 1965 se le pidió asumir la Dirección de la Filial de la Casa de la Cultura en Cajamarca y, dentro de tales funciones, la defensa del patrimonio artístico y monumental, tareas que viene cumpliendo con entrañable entrega y gran eficiencia. En 1979 expuso en Lima. El éxito de esta exposición y el interés que han despertado sus obras le han decidido a pintar con asiduidad. Ha sido invitado a exponer en Munich y otras ciudades de la República Federal de Alemania, a donde habrá de asistir en octubre con un lote de veinticinco cuadros.
La pintura de Zevallos está imbuida de un cálido sentimiento vernácular; sus temas son principalmente personajes y escenas de la vida campesina de la región, expresados, por voluntad de estilo, con lozana sencillez y animados por un ritmo, diríamos substancial, con el que acentúa la intencionalidad de su mensaje plástico, siempre fiel a la realidad de su entorno. Pero no son únicamente el encanto del paisaje, ni la seducción del color comarcanos, de por si fascinantes, ni lo pintoresco de las personas y las tareas del campo los que embargan sus inquietudes expresivas; en la pintura de Zevallos hay, por sobre todo, una preocupación primordial por llegar al fondo de las cosas, a los rasgos esenciales con los que se pueda definir, expresa y afirmar el ethos cajamarquino. De allí su preocupación por el ritmo, esa manera de producir y detener el movimiento de sus figuras; sus matices atemperados, nunca forzados ni violentos, y la simplificación casi simbólica de muchas formas.
La formación académica de Zevallos -da la impresión que quiere hacerla pasar inadvertida- se evidencia tanto en la composición, como en el manejo del color y la transparencia de su retina. Las figuras de sus cuadros están dispuestas dentro de un orden simétrico y con equilibrio tal de los volúmenes que no escapan a las normas del oficio, a veces arbitrariamente alteradas para lograr determinados efectos. En sus telas, casi sin empastes, como si quisiera ahorrar pigmento, no hay efectos impresionistas, ni tonos demasiado intensos, ni nada que no pudiera estar en la realidad. En su paleta luminosa y de matices diáfanos, el cromatismo es resultado de un juego armónico y sutil de los complementarios, pero siempre a través de un filtro de discreción. Zevallos comparte con sus famosos paisanos, Sabogal, Urteaga y Camilo Blas el manejo de esa luz que no divaga ni embota los contornos, sino que plasma los objetos, pule las aristas y define las cosas a través del encanto sutil de la atmósfera serrana.
Se augura el éxito de su exposición en Alemania.